Periodismo, a punto de despegar

En unos pocos meses se cumplirán cuatro años de cuando pisé por primera vez la facultad de periodismo de la UCAM. Antes de matricularme mi padre me preguntó: “¿Sabes que esa profesión tiene poco futuro, verdad? Es tu decisión. Tú sabrás lo que haces”. Y en la primera clase, todos llegamos sonrientes pero con una mochila repleta de pensamientos aciagos que iban encaminados a esa misma dirección. ¿Tiene futuro el periodismo?

El gran mérito de nuestros profesores ha sido convencernos de que en realidad lo importante no es pensar si el periodismo tiene futuro o no, sino darnos a conocer cuál es el buen periodismo, cómo podemos llegar hasta él, con qué herramientas debemos hacerlo e identificar las tentaciones que nos puedan hacer caer en el malo, en el facilón, en el mediocre.

Es cierto que muchos de nosotros, todavía alumnos, seguimos pensando que es más fácil llegar al espacio que conseguir un empleo de periodista bien remunerado, o al menos digno. Pero el hecho de que ya seamos conscientes de que debemos salir de la carrera convencidos de que tenemos que ir creando nuestra propia comunidad de lectores a través de las redes sociales es un éxito que las nuevas generaciones de estudiantes ya se están dando cuenta. Y nos llevan ventaja.

La facultad es el laboratorio donde tenemos que ir fabricando nuestra propia nave Soyuz para despegar y entrar en esa órbita laboral donde lo que importa es lo que cuentas y cómo lo cuentas. Cada uno de nosotros somos como Yuri Gagarin en su primer paseo espacial; tenemos que salir al exterior —a la calle — con el traje de periodista y volver a la nave —a la redacción — como sea, pero con el trabajo bien hecho. Lo bueno de todo esto es que cualquiera de nosotros puede construirse su propia nave a un precio razonable: un bolígrafo, una libreta, un ordenador, internet, un teléfono y un blog. Lo difícil es despegar —tener historias— y luego volver a la tierra — que haya gente dispuesto a leer y pagar por lo que haces—; los agujeros negros del espacio se llevan a los periodistas al lado oscuro. Allí claro que nunca hay futuro.

Más allá de las emociones y de convencernos a nosotros mismos está el más acá y el hecho de convencer a los lectores de que por el periodismo, el buen periodismo hay que pagar, porque conseguir información, investigar, reunir datos y poder explicarlo de manera adecuada conlleva un tiempo y un coste, donde  los mayores beneficiados son los ciudadanos . Además, en una sociedad moderna y democrática, donde tenemos acceso a toda la información que acontece en cualquier parte del mundo —y de cualquier usuario— en un solo instante, nunca antes el periodismo había cobrado tanta importancia no sólo por su relevancia informativa sino también por su responsabilidad ética de crear estados de opinión.

Convencer a la sociedad de que nuestro trabajo es un servicio público, que cuando nuestro oficio flaquea ellos también pierden un trozo de libertad, de democracia y de conocimiento es uno de nuestro retos para los próximos años que sólo nosotros vamos a poder concienciar.

Decía Stieg Larsson en su magnífica novela ‘Los hombres que no amaban a las mujeres’ que  “A un reportero político nunca se le pasaría por la cabeza llevar a los altares al líder de un partido político, y Michael Blomqvist era incapaz de comprender por qué tantos periodistas económicos de los medios de comunicación más importantes del país trataban a unos mediocres mocosos de las finanzas como si fuesen estrellas de rock”.

Estas palabras de Larsson me recuerdan la cantidad de veces que no hemos advertido los fraudes y las estafas porque no hicimos bien nuestro trabajo o porque no teníamos suficiente músculo para investigarlo. La venta de ‘acciones preferentes’ a clientes minoristas,  el ‘caso Gowex’ o las ‘tarjetas black’ son solo algunos de los ejemplos que han asolado en España durante esta crisis política, económica, moral y ética en la que los periodistas económicos deberían habernos alertado, pero no estuvieron atentos. En todos esos casos, el principal afectado fueron los ciudadanos.

Incluso después de destaparse los grandes errores y los entramados corruptos, se ha permitido que los mismos que nos han llevado a este clima caótico y desvergonzado,  pudieran elevarse sobre las páginas de los periódicos dando lecciones y recetas económicas para salir de la crisis bajo un contexto de austeridad en primer lugar y, ahora,  cambiando el discurso, bajo un contexto de reanimación económica. Y todo porque nuestras empresas periodísticas no tuvieron la suficiente independencia.

Pero las cosas están cambiando. El país en el que vivimos está despertando hacia una segunda transición democrática y el periodismo digital está evolucionando a pasos de gigante donde los ciudadanos consumen ocho horas diarias de información entre redes sociales, televisión, radio y prensa. Como dice el columnista de El Mundo Javier Gómez en su twitter: “Ahí no hay crisis. Hay oportunidades”.  Y esa es la dirección a la deben dirigirse nuestras naves periodísticas.

Hoy es la graduación de periodismo de mi promoción. Mi padre ya no me pregunta si el periodismo tiene futuro o no, lo que le preocupa es que la nave despegue con suficiente combustible
 y pueda evitar el agujero negro donde el desánimo, la pereza por no seguir buscando una oportunidad o la soledad nos pueda absorber.
Claro que el periodismo tiene futuro. Y tendrá más cuando con todas las naves seamos capaces de construir una estación espacial. Mi sueño es volver a la tierra y poder contarlo.

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