Ni nos dimos cuenta

Esta vez no fue mi culpa papá. Te prometo que solo fuimos a montar algo de jaleo y hacer lo de siempre. Unas huchas, unos gritos y una plata. Sabes bien que siempre fue así y que aunque creas que no atendía a tus consejos, los tenía bien presentes en el momento que los vi. Eran como tú los habías dibujado. Con sus bluyins y sus miradas sin alma, sus camisas de esbirro y sus Colt bastardas. Nos hicieron bajar a todos del autocar y uno por uno nos preguntaron por qué estábamos allí. Le respondimos que lo de todos los años, las huchas y la plata. Te prometo que intenté huir pero otros lo hicieron antes que yo y fueron convertidos en ceniza. Después nos subieron a otro carrito grande cuando ya era de noche para sacarnos de Iguala por el camino de los cipreses, y como en los cuentos del abuelo, nos decían “que pronto vas a abrir el panteón, güerito”.  Todo olía muy mal. Nos obligaron a quitarnos las chamarras y pisar los bultos viscosos descalzos. A la de tres, echamos a correr. Mi corazón palpitaba bajo el manto de la humedad que presionaba mi pecho, pero tiritaba de miedo, no de frío. Y mientras mordía con los labios la cruz de oro que mamá me regaló y que colgaba en mi cuello desde la comunión, veía como estaba a punto de conquistar el fin de los montículos de escoria. Pensábamos que era el final papá, que todo era un escarmiento para que no volviéramos más por el lugar. Pero estaban allí, los feos, los malos, los Guerreros de Cocula. Y todo fue rápido, papá. Ni nos dimos cuenta.

Este artículo está inspirado en el estilo narrativo que Jorge Zepeda Patterson usa para hacer un homenaje a los 43 normalistas asesinados en la matanza de Iguala.  Este texto es un ejercicio para la asignatura de Periodismo Literario. Todo mi respeto para los estudiantes y sus familias.

Peudes leer ‘Los cuarenta y cuatro’. Artículo de Jorge Zepeda Patterson

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