La más fulana de tu armario

 

Vuelven esos domingos donde el frigorífico es un continuo lugar de peregrinaje para la reflexión. Domingos de frío y aburrimiento; algunos de resaca y otros de madrugón. Domingos de viento, el mismo que guillotina las hojas de los árboles. Al menos octubre tiene el desazón del verano y diciembre el entusiasmo de la navidad. Pero ahora estamos en noviembre, para un servidor: el mes más feo del año.

Un mes rancio y traicionero. Ese mes en el que por las mañanas te hace tiritar de frío y al mediodía te hace odiar las rebecas, o los “niquis”, esa olvidada palabra que todavía la puedes oír  pronunciar en las abuelas o en las tiendas más pijas de tu ciudad; una palabra jubilada por la archiconocida “sudadera”: la amiga desleal de los abrigos. Las hay con capucha, con bolsillos o sin ellos, algunas de cremalleras traicioneras y otras que muestran un dibujo o un destino turístico.

Presumen de comodidad y  producen un aire sport en tu persona, sobre todo cuando las usas para practicar deporte o cuando se convierte en el pijama elegante durante el día. Son las prendas mas usadas en las convocatorias de exámenes, todos sabemos el porqué. Otras alardean de vanguardia, de aire urbano, o de chic, dependiendo de qué marca y en qué momento. Sin embargo, por lo general producen vulgaridad en quienes las portan con zapatos o sin ellos los sábados por la noche, teniendo excusa, como no, para los defensores de los tejidos confortables o cuando se combina con una blazer o una chupa de cuero.Es por tanto, que la sudadera se convierte así, en las más fulana de nuestro armario, teniendo cualquier uso, incluso cuando el día se convierte en noche y se acuesta con nosotros sin importar el precio que le otorgamos a nuestro desdén.

A mí, personalmente, me gustan una talla más grande; las mangas ejercen de cuello vuelto para mis manos, las que suelo esconder en los bolsillos cuando el frío aprieta, pero sin ellos cuando salgo a correr. La capucha, que más de una vez me ha rescatado de esa infraganti lluvia y que en algunos momentos he usado como reconvertida bufanda, te proporciona un aire clandestino cuando vas por la calle y la llevas puesta, te hace sentir el repudiado antihéroe de las películas o el chico malo de tu clase, del insti, de la plaza de tu barrio. Te convierte en un enemigo; ni te cuento si portas cigarro en mano.

Reconozco usar la capucha en esos eneros y febreros, durante el tiempo que tarda la calefacción en abrigarme y mientras me hago el desayuno. Cuanto más gorda y más vieja mejor, pienso yo. Me refiero a la sudadera. También reconozco usar la capucha en algunos de esos momentos de #PeliyManta, cuando ésta solo llega a la altura del cuello y el frío acecha la coronilla. Algunas mantas  tienen cienpiés en los bordes y me hacen cosquillas en los labios: esas son las mejores.

Pero las sudaderas pierden notoriedad conforme se acerca diciembre, cuando el abrigo presume de jerarquía y se otorga un tanto en todos los escaparates y en anuncios publicitarios. Pero… ¿Quién duerme con abrigo? ¿Quién te da la oportunidad de sentirte como en casa cuando vas al cine? ¿Quién te acompaña en esas horas de estudio invernal? ¿Quién ha portado tus mocos cuando eras pequeño sin rechistar? ¿Alguna madre se ha quejado cuando el yoghurt se suicidó en ella? ¿Alguna sudadera te dijo No, en esos extravagantes días de verano?  Y la más importante: ¿Quién te acompaña en esos asquerosos domingos de  noviembre cuando el aburrimiento te hace reflexionar mientras abres el frigo?

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